El vaso roto y otras lejanías
Que el mundo más desconocido puede ser el más próximo no es ningún
secreto. En la tradición fotográfica más extendida hay dos clases
de fotógrafos. Los que nos quieren acercar lo que está lejos y los que
nos quieren “alejar” lo cercano. Desde luego, esas dos no son las únicas
opciones. Las posibilidades van, si queremos, mucho más allá. Estarían,
por ejemplo, los que nos quieren certificar que lo alejado está
mucho más alejado de lo que creemos, y aquéllos que parecen decirnos
que lo próximo está tan encima de nosotros que ni siquiera lo
vemos por formar parte inseparable de ese “nosotros”.
Existe una distancia tan corta que quizás nos impide una visión
“natural” de las cosas. Los fotógrafos sabemos que hay un mínimo
para el enfoque, desde luego, pero me estoy refiriendo, naturalmente,
a la existencia de una distancia “emocional” mínima:
cuando lo cercano pasa a ser íntimo, una suerte de velo pudoroso
sitúa las cosas en un plano oculto, o casi. Es una imposibilidad
emparentada, convengámoslo, con su contraria, la que nos ratifica
una familiaridad especial con lo que está al otro lado del
mundo, haciendo más fácil el diálogo visual. Así, fotográficamente,
puedo compartir muchos aspectos de mi condición humana
con un esquimal o con un maorí, y puedo desconocerlo todo de mi
vecino más cercano, del objeto más humilde del que me sirvo
todos los días y de mi mismo.
En realidad, a este respecto, la fotografía no hace más que confirmar
lo que ya sabemos. Ten dríamos que admitir que nuestro conocimiento
ofrece continuas e innumerables paradojas similares, y
que sólo nuestra necedad nos lleva a la creencia de que lo cercano
es conocido y, lo lejano, ignorado. Al otro lado del mundo hay alguien
de quien puedo saberlo todo con sólo mirar su rostro –quizás
ni eso hace falta– y, al mismo tiempo, no puedo eludir la certeza de
que tal vez nada sé de mis seres más queridos, por mucho que pretenda
ahondar en sus ojos.
He tenido siempre la impresión de que las fotografías de Santi
Ayuso no son sino manifestaciones visuales de las muchas imposibilidades
con las que él, como yo, como cualquier fotógrafo, “se
las tiene que ver” todos los días. La cuestión, sin embargo, es que,
aun siendo habituales, surgen aisladamente, aquí y allá, sólo de
cuando en cuando. Interrogaciones inopinadas que adquieren consistencia
visual a golpes de una especie de “flashazos” interiores
cuyas leyes nadie puede manejar. Para ser exactos digamos que
esos destellos no tienen que ver necesariamente con el instante
–qué hartazgo con la palabra “instantánea”– y que a menudo corresponden
más bien a áreas o a tiempos de luz “reveladora” de
algo o de alguien.
Decía Paco Gómez que la sociedad –el mundo, añadiría yo– no es
más que una imagen especular de nuestras emociones. Es verdad
que, en último término, el mundo sería el lugar donde proyectar o
simplemente reconocer esas emociones. Pero para identificarlas,
para describirlas, simplemente para hablar de ellas a los demás y a
uno mismo, hace falta una suerte de luz especial capaz de activar oscuras
galerías de las que poco o nada sabemos. Esa luz es una especie
de regalo, un privilegio cuyo control está lejos de nosotros.
Sin que sepamos muy bien por qué, sin que podamos siquiera intuir
cuándo va a ocurrir, hay algo, de repente, que queda iluminado. Podemos
entonces hacer una fotografía, o escribir unas líneas, o sencillamente
“capturar” un pensamiento fugaz. Vamos que, por más
que a veces me duela, la fotografía y lo fugaz viajan de la mano.
Debo añadir, eso sí, que estamos ante una forma de fugacidad “sui
generis”, y que la milésima de segundo no tiene por qué ser condición
ineludible.
Con frecuencia la fotografía significa un tipo de conocimiento intuitivo,
muchas veces, las más, inefable, otras, las menos, perfectamente
definible con palabras. Pero no es cómoda la figura que
compone el fotógrafo, siempre a la espera de una luz de la que no
sabe ni el día ni la hora, lo cual, como en el texto evangélico, le
obliga a estar en guardia de un modo permanente. Porque, quítenselo
de la cabeza, el accidente feliz es, ante todo, un accidente. Sin
estado de vigilia apenas hay hallazgos. Menos aún, recordando a
Ansel Adams, conceptos.
No se trata tampoco de sentarse y esperar, ojo avizor, a ver pasar el cadáver
del enemigo arrastrado por la corriente. Se trata, “be water”, de
convertirse en la corriente y, en la turbulencia de la vida, recibir algunos
destellos que, quizás verdaderas escalas en ese viaje, constituyen
a la vez un pequeño logro, un descanso y un estímulo para seguir.
Por encima de todo son también esos destellos, quiero repetirlo,
interrogantes. Conviene no perder de vista que las preguntas constituyen
los verdaderos hallazgos. Que seamos capaces de formulárnoslas,
a nosotros mismos y a partir del mundo de todos los días,
significa que hemos encontrado la distancia necesaria. Porque, si
al decir de Winogrand, no hay nada tan misterioso como un hecho
claramente expuesto, también es verdad, en sentido contrario, que
nada hay tan revelador como enunciar o describir –visualmente en
este caso– algo que encierre en sí mismo, por pequeño que sea, un
misterio.
Carlos Cánovas
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