Inmortalizar un juego
El mismo gesto que nos oculta nos revela. En lo que
dura un gesto cabe una identidad y una máscara.
Exhibimos unas u otras a lo largo del puñado de
instantes que llenan nuestra vida y en el misterio
del tiempo intentamos congelar la verdad. Pero lo
que somos sólo es una intuición en la que se aventuran
otros mientras continuamos haciendo gestos,
exhibiendo máscaras, revelando identidades, viviendo,
muriendo.
Estamos entonces poseídos por el orgullo de ser capaces
de negar lo inevitable. Lo mismo nos puede
provocar una sonrisa cómplice como un océano de
lágrimas, da igual, el caso es que dispongamos de
una vestimenta para cubrir el alma invisible y saber
así a qué agarrarnos cuando el vértigo de la incerteza
nos aceche, cuando el tiempo nos desnude ante
la nada.
Mientras no tengamos la capacidad tecnológica o
intuitiva de fotografiar los sueños, algo que el diablo
nunca admitiría sin imponer cláusulas leoninas en
el contrato de explotación de sus derechos, ni la patronal
religiosa por desmontarle el negocio de la
eternidad, lo único que tenemos es la valiente osadía
de mortales como Simoes.
La aventura con el otro es un extracto de convivencia
llevado a sus últimas consecuencias. Cada retrato
resulta de la interpretación de una relación
sincera, que profundiza allá donde únicamente podemos
encontrarnos: en la superficie.
Entre el instante en el que Leo Simoes nos ve y el
instante en el que nos escondemos, estamos jugándonos
la vida con la feliz intensidad de un juego infantil,
arrancando a la muerte una cosecha de
certezas y convicciones transgénicas perfectamente
cuidadas desde la semilla hasta el fruto, en las que
intervienen un sin fin de músculos, nervios y sangre
que ha de regar la tierra algún día. Serán los restos
de ese instante de juego que todavía seremos
nosotros de alguna manera.
Al fin y al cabo, somos inmortales cuando asumimos
que perdemos, ganamos el júbilo de volvernos
indiferentes ante la derrota cuando descubrimos el
gozo de la sucesión ininterrumpida de afectos que
podemos ganarle al tiempo.
En esta colección de retratos se afronta una derrota
con el orgullo de hacer realidad un sueño inmortal.
A los mortales no nos es posible abarcar todas las
derrotas desde la primera noción de arte.
Esa condición, la esencia que nos distingue, sinceros
fingidores, adoradores del instante que nos inmortaliza,
se nos escapa cada vez que nos empeñamos en
alcanzarla. Somos lo que parecemos, no hay más que
miradas y silencios. Entre unas y otras soñamos el
encuentro, la amistad, el amor: la derrota jubilosa de
los mortales.
Kúster Gómez de Agüero
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